Quiero saber

Te voy a ser sincera: en muchas ocasiones me pregunto hacia dónde vamos, si es lo correcto, si vamos a ser lo que buscamos en algún momento de nuestras vidas (cuando crezcamos), si me vas a seguir eligiendo o si te voy a seguir eligiendo. Son cosas que se escapan de mis manos.
(Como el enamorarse).
Cómo, por cosas de la vida, alguien te dijo:
“¿Y por qué no le hablás a esta chica?”
Y cómo simplemente aceptaste, sin pretender realmente algo.
Incluso aceptaste sin que de verdad te trascendiera
(porque ahora, conociéndote, estoy bastante segura de que estabas timbeando al truco para ganar 500 pesos).
Y cómo respondi un literal
“hola, ¿cómo estás?”,
nada de chamuyo, nada de nada
(y que después confesé que, por la simpleza, fue la única razón por la que no lo ignoré).
En cómo un día nos vimos,
nos gustamos,
nos dimos la mano,
me besaste,
te besé.
Y seguimos juntos, pese a la diferencia de vida en general que nos rodeaba.
Y cómo eso nos sostuvo en muchas ocasiones:
muchas discusiones,
disgustos,
pero también caricias.
Quiero detenerme para preguntar algo.
Sé que bajo nuestro manto de amor,
de enamoramiento,
de añoranzas,
siempre va a haber una respuesta que el otro quiera oír.
Y la respuesta a esta pregunta no necesariamente debo escucharla, pero…
¿Soy una persona que querés para toda tu vida?
¿Creés que, aunque lo desees, voy a seguir estando ahí?
¿Creés que soy yo esa mujer con la que vas a compartir metas, sueños, añoranzas y amor durante años?
Sé que tal vez muchas cosas
no tienen sentido.
A veces es así.
A veces no.
No prometemos querernos toda la vida.
Prometemos querernos hoy.
Prometo quererte hoy.
Hoy te amo.
Ya.
Y ya es mañana.
Y
amo desnudarte.
En cómo.
En cuándo.
En cuando lo hicimos por primera vez.
Si te confieso, realmente no pretendí que fuera muy romántico o algo por el estilo.
Eso es lo que te digo escrito.
Pero en realidad pienso lo contrario,
porque todo el tiempo estoy pensando.
Me sentía muy nerviosa.
Hacía mucho tiempo que nadie veía mi cuerpo más que yo,
y sentía vergüenza.
Aún ahora, después de tanto, sigo sintiendo un poco de vergüenza.
Pero es gracioso,
porque se siente que conocés todo mi cuerpo.
Conocés qué diría,
conocés qué pensaría,
qué haría.
Conocés cómo me siento
cuando algo es raro,
cuando algo no está en la línea de ser quien soy.
Y esa es la verdadera definición
de estar desnuda.
Desnuda de piel.
Desnuda de alma.
Y recuerdo que antes discutíamos
por la idea de que
“no te sentía”.
No te sentía.
Pero siempre te sentí.
Incluso
cuando decía que no.
No sé hacia dónde vaya este amor,
si va a ser eterno.
Porque sí te mentí.
Te mentí la noche en que me partí en llanto
y me consolaste
como si fuera la cosa más frágil del mundo,
como si pudiera romperme por algo tan pequeño y simple.
La misma noche
en que, después de partirme en llanto
y de que me consolaras
como si fuera la cosa más frágil del mundo,
la misma noche
en que tomé tus mejillas
y te juré que no ibas a ser quien no quisieras ser,
que no tendrías una vida
que no quisieras.
Que no tenías la culpa de nada.
Que todo estaría bien.
Que no permitiría verte triste.
La noche
en la que pude ver, por poco,
que también lloraste.
La noche
en la que por segunda vez te vi llorar
(pero no de cariño, como aquella en la que me confesaste tu amor más genuino).
Una noche amarga
en la que no quise verte jamás así.
Esa noche
en la que luego te abriste a mí
y me confesaste que tal vez
no sabías si querías
lo que estábamos viviendo
en que estabas confuso sobre muchos aspectos de las desiciones.
En la que recuerdo las palabras:
“Te mentí”.
Pero no sobre mi amor.
Sino
sobre que pienso en el futuro.
Todos los días.
Todos los días.
Claro, me permito amarte
un día a la vez.
Pero la ansiedad nunca va a dejar de seguirme
y preguntarme:
¿qué será en el futuro?
¿Qué será
lo que nos daremos
el uno al otro?
Quisiera saber.
Ennio René Fernández-