La vida es muy corta. Si te detienes a pensarlo, hay tantas cosas que quisieras hacer que probablemente no alcanzarás a cumplirlas todas. Tal vez lo más extraordinario de tu existencia fue simplemente nacer: entre miles de posibilidades, fuiste tú quien llegó. Pero al abrir los ojos descubres que no eres el único, que hay otros como tú, creciendo, sintiendo, viviendo.
Piensas que tu infancia es única, que tu historia es distinta por todo lo que has vivido como un protagonista: sufrimientos, alegrías, caídas. Sin embargo, al observar con más atención, entiendes que muchas personas han recorrido caminos similares.
Corres, juegas y sueñas. Sueños asombrosos. Para los adultos, muchas de esas ideas parecen imposibles, pero para ti no lo son. En ese momento, lo único importante es disfrutar, reír y compartir con quienes te rodean. El mundo parece sencillo, protegido por ese manto invisible que son tus padres, quienes cuidan de ti sin que lo notes.
El amor aparece como una de las emociones más intensas. Todo se siente nuevo, profundo, incluso doloroso. Poco a poco comienzas a ver la realidad de la vida y entiendes que llegará el momento de caminar por tu cuenta. Esa etapa, donde descubres la amistad y el amor, es la última en la que alguien sostiene completamente tu mundo.
Luego formas tu propia familia, y el ciclo continúa. Ves crecer a tus hijos y en ellos reflejas todo lo que alguna vez soñaste ser. Entregas todo, incluso el alma, con el único propósito de verlos salir adelante. Es entonces cuando comprendes de verdad lo que significa ser padre o madre.
Cuando sientes que has cumplido ese propósito, sigues avanzando, pero el tiempo no se detiene. La vida es como subir una montaña: el esfuerzo te lleva a la cima, pero inevitablemente llega el momento de descender. En ese trayecto final, vives con una conciencia distinta, sabiendo que, si no es un accidente, será el tiempo quien poco a poco te arrebate todo… hasta llegar al último instante.