Mientras el Mundo de los Sueños coexistía y se superponía al mundo físico como una herida abierta

sobre la realidad, el aire vibraba con una densidad antinatural. Las sombras no obedecían a ninguna luz, y

el tiempo parecía respirar con lentitud, como una bestia dormida.

En el centro de aquel dominio se alzaba un trono imposible de describir con precisión. No estaba hecho

simplemente de piedra: era una amalgama de rostros tallados, cientos… no, miles de caras retorcidas en

expresiones de dolor insoportable. Sus bocas abiertas parecían congeladas en un grito eterno; sus ojos,

vacíos, seguían cada movimiento como si aún conservaran conciencia. El conjunto evocaba un castillo

antiguo, corroído por siglos de tragedia y sangre seca impregnada en sus muros.

Allí, sentado con una elegancia casi obscena, estaba Zaimetsu.

Su postura era relajada, pero no por comodidad, sino por dominio absoluto. Una pierna cruzada sobre la

otra. Un codo apoyado en el brazo del trono. Los dedos rozando distraídamente una de las caras talladas,

como quien acaricia a una mascota moribunda.

Sus ojos descendieron hacia Zisel.

Una sonrisa lenta, cruel, se dibujó en su rostro.

—Oh… pequeña Zisel… —su voz era aterciopelada, pero cada sílaba llevaba un flo invisible—. Los países

arden en conficto. Se despedazan entre ellos por la supremacía del más fuerte. ¿Y tú crees que una

queja formal, una protesta ingenua salida de tus delicados labios, va a cambiar algo?

Una risa baja escapó de su garganta. No era escandalosa. Era peor. Era íntima. Personal.

—A ellos no les importa su pueblo. No les importan los niños, ni las madres, ni los soldados que envían a

morir por banderas que ni siquiera comprenden. ¿Y tú vienes aquí… a intentar detenerme? ¿Quieres evitar

más guerras? ¿Más sufrimiento?

Inclinó ligeramente la cabeza, observándola como si analizara un insecto interesante antes de aplastarlo.

—Si interferes, provocarás más caos del que imaginas. Eres tan patética en tu moralidad que resulta…

adorable.

El ambiente se tensó. Las caras del trono parecieron contraerse, como si compartieran su burla.

—Conozco tus jueguitos. Esos ideales infantiles disfrazados de justicia. Crees que tu experiencia te hace

especial. Que por formar parte del ala directiva de la Agencia Federal de los White Knights estás por

encima de mí.

Su sonrisa se ensanchó, mostrando un destello oscuro en sus ojos.

—¿Te crees superior por tu ascendencia “completa”? —escupió la palabra con un desprecio venenoso—.

Sigues siendo una novata. Una cría que apenas ha rozado la superfcie de lo que soy.

Su voz descendió, volviéndose más grave, más densa.

—Te falta lo esencial, Zisel. Te falta comprender la complejidad de mi ser… la arquitectura del caos que

sostengo. Este lugar… —extendió la mano, y el aire pareció ondular— …es mi tablero. Mi dominio. Mi área

de juego.

Los rostros del trono comenzaron a murmurar, un susurro colectivo casi imperceptible.

—Y tú… —sus ojos brillaron con un fulgor sangriento— …no eres más que una mosca posándose en el

borde de mi mesa.

Su sonrisa fnal no fue arrogante.

Fue hambrienta.

Zisel no se movió.

No frunció el ceño.

No tensó los hombros.

No permitió que la atmósfera opresiva, ni los lamentos tallados en aquel trono grotesco, alteraran el pulso

sereno de su respiración.

Sus ojos —claros, fríos como un invierno interminable— se posaron en Zaimetsu con una calma que no

era ingenuidad… sino juicio.

Cuando habló, su voz no fue estridente. Fue baja. Controlada. Con un matiz áspero, marcado por un leve

acento ruso que endurecía cada consonante como si fueran cuchillas afladas.

—Qué gran bocota tienes… —murmuró, casi con pereza.

El eco de sus palabras atravesó el salón antiguo sin temblar.

Dio un paso adelante. Las sombras no se atrevieron a tocarla.

—Es increíble… —continuó, ladeando apenas el rostro— que, después de tantos años, sigas siendo el

mismo niño mimado. Estancado en tu pequeña burbuja de egocentrismo.

No había rabia en su tono.

Eso lo hacía peor.

—Hablas de guerra… de supremacía… de complejidad. Pero lo único que veo es a un hombre que nunca

superó su propio refejo.

Sus ojos descendieron un instante hacia los rostros torturados del trono, y luego regresaron a él.

—Tus padres… —su voz se volvió aún más fría, como nieve cayendo sobre una tumba— estarían

devastados al verte así. Sus corazones rotos. Desgarrados.

Una pausa.

—Convertido en un monstruo sin corazón… trabajando para la mayor escoria humana y pestilente que

existe.

Pronunció el nombre con un desprecio que no necesitó elevar el volumen.

—Valentine.

El aire pareció tensarse ante esa palabra.

Zisel no levantó la voz. No necesitaba hacerlo.

—Te escondes en este teatro de horror. En tus tronos de sufrimiento. En tu discurso grandilocuente. Pero

debajo de todo eso… —sus ojos se aflaron— sigues siendo ese niño asustado que necesita sentirse dios

para no aceptar que es simplemente un sirviente.

Su mirada no vaciló.

—No me impresionas, Zaimetsu. Me das lástima.

El silencio que siguió no fue vacío.

Fue un desafío.

La risa comenzó como un murmullo… y terminó como una fractura en la realidad.

—Ja… ja… ja…

Luego estalló.

Una carcajada desquiciada, larga, desmedida, que no provenía solo de su garganta sino del propio trono.

Las caras talladas empezaron a deformarse, sus bocas abriéndose más de lo humanamente posible,

riendo con muecas antinaturales. El sonido se multiplicó, se superpuso, se volvió un coro enfermizo.

El plano onírico respondió.

Las paredes del castillo se agrietaron sin romperse, y de las grietas comenzaron a emerger rostros

grotescos, malformados, intentando imitar la risa de su amo. Ojos donde no debía haber ojos.

Mandíbulas desencajadas. Sonrisas forzadas que parecían desgarrar la propia materia del sueño.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJA…!

La atmósfera vibró con una locura palpable.

Y entonces, sin previo aviso, el aire frente a Zisel se rasgó.

Imágenes.

Recuerdos.

El fuego.

La sangre.

La última mirada de su familia.

La sensación de perderlo todo en un instante irreparable.

Los recuerdos no eran proyecciones suaves: eran brutales, vívidos, invasivos. Se superponían sobre el

presente como cuchillas mentales, obligándola a revivir cada segundo de aquella pérdida.

Zaimetsu dejó de reír poco a poco, aunque su sonrisa siguió extendida, torcida, casi inhumana.

—¿Dices que mis padres estarían avergonzados? —su voz ahora era baja, pero cargada de una euforia

retorcida—. Entonces que así sea

Se inclinó ligeramente hacia adelante en el trono, los ojos brillando con una intensidad febril.

—Porque fue mi propia voluntad.

Las risas de los rostros comenzaron a apagarse, transformándose en susurros.

—¿Intentas jugar a la psicóloga conmigo? ¿Pretendes hacerme tambalear mencionando la muerte de mis

padres?

Su expresión se endureció. No había tristeza. No había dolor. Solo convicción absoluta.

—No seas ingenua, Zisel.

Se levantó lentamente del trono. Las caras bajo él parecieron retorcerse al perder el peso de su cuerpo.

—La supremacía es lo único que tiene valor. El dominio. La evolución forzada a través del conficto.

Dio un paso hacia ella. El suelo onírico se deformaba bajo sus pies.

—Los sentimientos… son cadenas para los débiles. Excusas para los que no pueden imponerse.

Las imágenes del pasado de Zisel se intensifcaron un instante más, buscando quebrarla.

—Y este mundo —extendió los brazos, mientras el plano entero parecía latir con su voluntad— no te dará

la bienvenida en la nueva era.

Su sonrisa se volvió aflada.

—Una era moldeada… y controlada por Valentine.

El nombre resonó como un decreto.

—Y tú, Zisel… —sus ojos se clavaron en los de ella con una promesa sangrienta— …serás apenas una

reliquia de un tiempo que ya no tiene lugar en lo que está por nacer.

El nombre de Valentine aún fotaba en el aire cuando ocurrió.

No hubo advertencia.

No hubo gesto.

Solo un sonido húmedo, brutal.

El corazón de Zaimetsu explotó dentro de su pecho como si una mano invisible lo hubiese estrujado sin

piedad. La carne se desgarró desde adentro, y una cantidad exorbitante de sangre brotó de su boca en

una violenta expulsión carmesí que manchó el suelo onírico.

El impacto lo obligó a caer de rodillas.

El castillo respondió al instante.

Las torres se inclinaron.

Los muros comenzaron a derretirse como cera expuesta a un fuego invisible.

Los rostros tallados dejaron de reír y se deformaron en muecas de pánico, descomponiéndose junto con

la estructura que los sostenía.

Zaimetsu tembló.

Otra bocanada de sangre escapó de sus labios.

Y entonces…

rió.

Una risa rota, intercalada con tos y gorgoteos, pero risa al fn.

—Ahhh… jajajaja… —escupió más sangre—. ¿Qué pasó…? ¿Acaso toqué una vieja herida…?

Alzó la mirada hacia Zisel desde el suelo, el cabello pegado al rostro por el sudor y la sangre.

—Qué manera… tan sucia de atacar sin avisar… pequeña perra…

Su voz era débil, pero sus ojos seguían ardiendo con esa locura obstinada.

Zisel no apartó la mirada.

Se mantuvo erguida entre los fragmentos de aquel mundo que se deshacía. La distorsión no la tocaba;

era como si la realidad misma respetara el límite invisible que ella imponía.

Su voz salió tranquila. Casi suave.

—Disculpa.

Un paso hacia él.

—No dejabas de hablar.

El castillo crujió detrás de ella, desplomándose en una lluvia de sombras líquidas.

—Pensé que, al mencionar a tus padres, encontraría aunque fuera una mínima chispa de empatía hacia la

humanidad.

Sus ojos se endurecieron.

—Pero veo que ni siquiera eso es sufciente para alguien como tú.

Zaimetsu volvió a toser, manchando el suelo con más sangre que parecía evaporarse en humo oscuro.

Zisel lo observó como se observa algo ya decidido.

—Ya es momento.

Su voz perdió toda calidez.

—Yo personalmente les haré el favor a tus padres…

El plano onírico se partió detrás de ella como un cristal fracturado.

—…mandándote directamente al inferno.

Se detuvo frente a él.

No había rabia en su expresión.

Solo sentencia.

—Ningún padre amoroso debería cargar con la vergüenza de un carroñero enfermizo como tú.

El silencio que siguió fue distinto al anterior.

No era desafío.

Era el instante previo a una ejecución.

Por un instante —breve, invisible— el pensamiento cruzó la mente de Zisel como una sombra aflada.

*Es sumamente resistente…*

Había sentido la explosión. No fue una ilusión. El corazón de Zaimetsu había estallado desde dentro; la

presión, la ruptura, la hemorragia… todo real. Un daño letal.

Y aun así…

*Puede mantenerse con vida después de algo así.*

No permitió que la sorpresa se refejara en su rostro, pero la evaluación fue inmediata. No era solo

resistencia física. Era algo más profundo. Algo anclado al propio tejido del plano onírico.

Frente a ella, el cuerpo arrodillado comenzó a moverse.

Primero, un espasmo.

Luego, un crujido húmedo.

Zaimetsu apoyó una mano ensangrentada en el suelo y comenzó a levantarse lentamente. Cada

movimiento iba acompañado de un sonido viscoso, como carne reacomodándose. La herida abierta en

su pecho —un hueco grotesco donde debería latir un corazón— empezó a cerrarse.

Fibras musculares se entrelazaron.

Vasos sanguíneos se reconstruyeron.

La carne se regeneró a una velocidad antinatural.

Él se irguió por completo.

Y entonces volvió a reír.

Una carcajada limpia esta vez. Fuerte. Resonante.

—JAJAJAJAJA…

Con ambas manos, tomó los bordes desgarrados de su camisa y la apartó, dejando expuesto el pecho

aún cubierto de sangre. La piel terminaba de sellarse ante sus ojos, nueva, intacta, como si la explosión

jamás hubiera ocurrido.

—¿Eso fue todo, Zisel?

Se golpeó el esternón con los nudillos, provocando un sonido sólido.

—¿De verdad pensaste que algo tan simple bastaría?

Su sonrisa era amplia, victoriosa.

—Este plano respira conmigo. Mientras exista, yo existo.

El castillo, aunque deformado, comenzó a estabilizarse lentamente. Las grietas dejaron de expandirse.

Las sombras volvieron a obedecer.

En contraste…

En el plano físico, el tiempo seguía su curso.

Cinco horas.

Cinco horas desde que Zisel había cerrado los ojos y cruzado al mundo onírico.

En una sala protegida por protocolos de seguridad, los escoltas intercambiaban miradas tensas. El

silencio pesaba más con cada minuto que pasaba.

—Esto está tardando demasiado…

Uno de ellos revisó el reloj por enésima vez.

—Nunca había estado tanto tiempo dentro.

Nadie se atrevía a interrumpirla. Sabían que interferir en un enlace onírico podía ser más peligroso que el

enemigo mismo.

Pero la inquietud era evidente.

Porque mientras en el mundo físico solo parecía una espera prolongada…

En el otro lado, la batalla apenas estaba comenzando.